Supongo que la mayoría de ustedes ha tenido días de esos en que a uno “nada le halaga”, como decían los viejos. Días en los que la vida es una cosa que le pasa a los demás y la alegría o la emoción son asuntos que se saben ciertos pero ajenos, extraños, privilegio de esa parranda de contentos egoístas que cruzan a nuestro lado, felices (¿de qué?), queriendo además imponernos su torpe jolgorio. ¡Cómo nos caen de mal los impúdicos sonrientes, los indolentes dicharacheros, los romos satisfechos!
Supongo también que algunos de ustedes se habrán pasado temporadas largas en esas circunstancias; e incluso habrá quienes perviven sin descanso en esa sensación de no pertenencia, de patito feo, de colado en un baile al que ni siquiera se quería entrar. Y sigo suponiendo que esas suposiciones son ciertas para sentirme menos solo en este momento. Porque esta tarde, mientras miro por la ventana hacia un cielo hermoso e inútil sobre el que cruzan banales nubes de formas ridículamente fantásticas, en medio de una primavera que se instaura con su humillante alegría, no me queda más que tratar de explicarme a mí mismo esa condición momentánea o irremediable del que “nada le sabe a nada”. Digamos el simplón, el aguafiestas, el aburrido, el carilargo que tiene que soportar los “animate” y “cambiá esa cara” de los amigos contentones, que además le hacen escuchar la cumbia de los aburridos de Calle 13 para alentarlo hiriéndolo.
¡A mi esta tarde no me llame nadie! (aunque en general no me llama nadie, ¡no vuelvan a hacerlo!) ¡Esta tarde no me vengan con Calle 13, ni con la vitalidad latinoamericana! ¡Llévense su contentura, su trópico y su “sacar el niño que todos tenemos adentro” hasta la lejanía astronómica de la mismísima olla dulzona donde se cocina la mermelada pegachenta de su ritmo Caribe y de su sabrosura montañera! A mi hoy déjenme haciendo mala cara y listo.
Bueno, pero empecé diciendo que iba a explicarme algo. Es que uno resulta emocionándose con la depresión. ¿De dónde viene entonces esta anulación de las papilas gustativas de la vida? ¿Será acaso el producto de un desafuero de pasiones, de vicios o de emociones que nos deja vacíos, sin piso en el mundo? En el caso de esta tarde podría ser, sino fuera porque mi vida actual carece de excesos. Entonces ¿Un exceso de falta de excesos? No creo, porque no los añoro ni siento que algo en mí los necesite. ¿Una infancia infeliz? Ya me dan risa esas explicaciones. ¿Una falta de propósitos concretos en la vida? A mí nunca la vida me ha dicho en persona que hay que tener propósitos concretos en ella para poder vivirla. ¿Pensar demasiado en uno mismo? Tal vez. Me acuerdo entonces de una crónica de Luis Tejada que leí hace algunos años, en la que decía que la condición natural del hombre (y la mujer) es el aburrimiento. Por eso hubimos de entregarnos a la ilusión de las emociones. Por eso inventamos el amor, el futbol, la economía, el asesinato, el internet, el arte, la ciencia.
Pero todos nacimos dotados con una cantidad distinta de aburrimiento y con una distribución diferente del mismo. El aburrimiento está ubicado dentro de nosotros en la forma de una capa o superficie, entreverada con las capas de los restantes estados de ánimos que constituyen la geología de nuestra personalidad. Unas personas lo traen en la superficie y en forma de bloque grueso; otros, como una lámina delgada que reposa en la parte más escondida del armario de lo que son. Y otros tienen no una sino varias capas dispersas entre los múltiples bloques de las demás emociones, como placas tectónicas que a veces se remueven, se reorganizan y se superponen, sacando a la superficie en el momento menos pensado y por el espacio impredecible de horas, días, semanas o meses, un poderoso bloque que no tiene que ser grande para ser abismal: el bloque de la nada.
Por eso esta tarde llena de arreboles con nubes casi vivas sobre el roji-azul vibrante del cielo, no me dice nada. Y estas chicas desparpajadas con vestidos vaporosos que pasan chupándose un helado me parecen completamente prescindibles y la sonrisa de un niño se me ocurre una zalamería y el color de la rosa un pastiche y la música de Mozart el embeleco de un mimado y la belleza un punto de vista y el sol un parche amarillo y las flores un acto vanidoso del planeta.
Pero lo cierto es que más tarde o mañana la placa tectónica se removerá de nuevo y entonces las emociones y la alegría se posicionarán en la superficie. Las nubes serán figuras vivas que me asusten o me hagan reír, las muchachas volverán a ser los demonios de siempre y la risa un asunto fácil y verdadero, hasta el surgimiento de un nuevo remezón.
Mañana tendré de nuevo mi risa. No una carcajada sino un discreto pliegue en los labios, salteado con pizcas de la nada. Y veré, no la belleza que quiere ver mi escándalo interno, sino la belleza incompleta e inquietante de todo lo que está hecho de vacío. A partir de esta tarde llevaré una alegría más sobria, menos torpe, más respetuosa con la aburrición de los aburridos. Porque después de visitar al Gran Aburrimiento nadie puede gozar con la misma inconsciencia de los chicos de colegio que chacotean en la última banca del bus.
13/10/10
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mejor no celebrarle pa no dañarle el aburrimiento...
ResponderSuprimirpero un pasaje me llegó tan en el alma, me pareció tan bello, que ahora me acuerdo de vos y te digo, con toda efusividad, para aburrite más: ¡Desanímate y participa!
pacho
Como siempre es un placer leerte, se sonríe al menos una vez si el día está aburrido.
ResponderSuprimirExcelente esta entrada. Me hizo acordar de este aparte:
ResponderSuprimir"Creo que los dos tenemos miedo de lo mismo. Y por una misma razón. Nunca hemos conseguido, ninguno de los dos, entrar en la vida. Estamos colgando del lado de afuera, por mucho que hagamos, convencidos de que nos vamos a caer en el próximo tumbo."
¿Se imagina que todo el tiempo estuviéramos felices, en estado de exaltación, encontrando lo ordinario extraordinario? Para describir esa situación sólo se me ocurre decir: dolor de cabeza perpetuo. Los bloqueos momentáneos de las papilas gustativas de la vida, como vos les decís, se me antojan totalmente necesarios para poder sobrellevar la vida. Además hacen más gloriosos los sabores cuando se pueden volver a percibir.
ResponderSuprimirSaludos.
"...hasta la lejanía astronómica de la mismísima olla dulzona donde se cocina la mermelada pegachenta de su ritmo Caribe y de su sabrosura montañera!..."
ResponderSuprimirSos un fabricador de imagenes. Pero esta en especial, me parece bastante compleja en su aparente sencillez... Lleva primero a trasladarse al oscuro cosmos para huntarse del matiz de cada estrella visible, luego bajar por sorpresa a un paseo de olla al lado del río, donde una tía gorda con una cuchara de palo,no prepara sancocho sino mermelada pegachenta de ritmo caribe y sabrosura motañera... Hombre, me diste a imaginar y masticar un manjar... Gracias
Saludos
Este tipo de escritos le caen a uno como anillo al dedo. Este fin de semana estuve pensando en eso...en que me muevo como pez en el agua en la incomodidad y el aburrimiento pero en la felicidad tengo una sensación de no pertenencia. Cuando estoy incómoda es como si tuviera tenis en cambio cuando estoy feliz es como si tuviera tacones...lo raro es ver a un montón de gente caminando en tacones como si nada...yo por eso sólo me los pongo una o dos veces al año solamente
ResponderSuprimirDigno dueño del título de Doctor honoris causa de la Academia de Solitaría y Tristeza sede Prado Centro..
ResponderSuprimirGracias Miguel!!!
Me encanta saber que la incapacidad de las papilas gustativas de la vida es un síndrome compartido.
ResponderSuprimirMe encanta saber que hay - quien como yo - se reconcilia con su desazón sin necesidad de agregar una pizca de sonrisas y descubre que sin la "falta de halago" estaríamos incompletos.
Marce M.
Hola! me encanto su pagina!!
ResponderSuprimirMe llamo Ana Maria y soy administradora de un directorio web/blog. Tengo que decir que me gusto mucho su pagina y le felicito por hacer un buen trabajo. Le cuento que me encuentro construyendo alianzas con webs amigas para asi atraer mas visitantes y poder hacer mas conocida mi web. Por ello, me encantaria contar con tu sitio en mi directorio, consiguiendo que mis visitantes entren tambien en su web.
Si esta de acuerdo. Hagamelo saber.
Suerte con su web!
Ana Maria
Leerte es la confirmación de la esencia plena de la ironía: salvarnos del vértigo, del abismo. Gracias por compartir tu escritura; en todo caso, algo de vos. Maria
ResponderSuprimirNo hay flores... Pensé en una canción de Jorge Drexler: http://letras.terra.com.br/jorge-drexler/209734/
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