Creo que debo dejar la terapia por un tiempo. Por lo menos hasta que mi sicólogo, Martín, esté un poco mejor. Eso digo ahora, pero en ese momento yo ni siquiera estaba seguro de que fuera a pasar de la primera cita. Beatriz tomó el teléfono de mi oficina, marcó el número que había en la tarjetica y me pidió una cita para el día siguiente, 17 de mayo, fecha en la que está consignado el comienzo de mi terapia con el doctor Martín Valiente. Era un día gris, con un cielo cansado y aburrido, muy parecido al interior del edificio donde quedaba el consultorio. Solo que el edificio era más lúgubre y que en la oquedad de sus pasillos el sonido de los pasos reverberaba y era devuelto por un eco trascendental, como cuando Dios habla en las películas. Tomé el ascensor hasta el piso 12 y toqué la puerta. Martín me abrió:
- ¿Adolfo?
Subí y bajé la cabeza, lo miré. Ante la sonrisa que, intuí, hubo algún día en ese rostro sin sonrisa, me sentí bien recibido.
- Adelante, sigue – me dijo estirando una mano que apreté con afecto.
Me cayó bien de entrada. El hermetismo de su rostro era traicionado por la huella casi imperceptible de un gesto amable que debió caracterizarlo alguna vez y que tal vez persistía en un nivel oculto, sacrificado en aras de la actitud profesional. Era bajito y menudo, con una barba que, supuse, se había dejado crecer para que le combinara con la pipa que aprendió a fumar al lado de sus maestros de sicoanálisis. El saco aunque le quedaba grande era de una tela delicada que consideré como la manifestación de un espíritu similar. El rostro no denotaba sufrimientos intensos o sobreexposición al Sol.
- Permiso - dije y seguí.
Me indicó un butaco. Tomé asiento y él se fue directo a la silla ubicada frente a mí, a unos dos metros. Se sentó, cruzó los pies, cruzó los brazos y me miró. Le sonreí y él movió la cabeza arriba y abajo sin dejar de mirarme. Pero no me decía nada. Yo sabía que la terapia consistía en que el paciente hablara y se desahogara, pero no fui capaz de empezar a hablar solo, así como así. No voy a decir que no hablo solo. Sí lo hago, pero nunca con una persona al frente, porque no soporto la sensación de hablar solo con compañía. En esas circunstancias (ahora lo sé, en aquel momento lo ignoraba por completo) necesitaba que, como se dice, me dieran cuerda, que alguien propusiera un tema o cualquier cosa; por lo menos un pequeño estímulo para arrancar a hablar por mi propia cuenta.
Así que no dije nada y los dos nos quedamos callados, él mirándome fijo y yo mirando las paredes blancas del pequeño cuarto, cuya imagen cambió el sentido de mi visita y (por qué no decirlo) de mi vida. El consultorio consistía en cuatro paredes peladas, sin un afiche, sin un cuadrito, sin una repisa, sin un cariñito por lo menos. En medio de Martín y yo había una mesita sin nada encima; al fondo, detrás de él, un biombo cerrado. Y nada más. Una simplicidad absoluta que no relacioné con el estoicismo sino con el abandono y que tenía mucho más que ver con la precariedad que con el minimalismo. Esas paredes representaban una carencia afectiva que había derivado en una negación a sentir, a expresarse. Lo observé observarme. Descruzó y cruzó los pies, descruzó y cruzó los brazos sin quitarme los ojos de encima. Lo miré directamente, tan fijo que no parecía que lo estuviera mirando a él sino dentro de mí. En su gesto adusto me pareció ver, escondida tras la actitud científica, la misma desolación del consultorio. Lo imaginé al final de la jornada, saliendo del edificio con su saco más grande que él y su ajado maletín de cuero, caminando por la calles, entre parejas que cruzaban tomadas de la mano; y luego lo vi llegando a un apartamento semivacío donde calentaba una comida sacada de la nevera en forma de cubo de hielo. Lo vi cenar mientras sonaba el barullo de un televisor mal sintonizado, comiendo sin mirar lo que comía y vi la cuchara que cada tanto se quedaba detenida antes de llegar a la boca y a él, ido, ajeno, mirando hacia la nada.
Martín carraspeó, entonces empecé mirarlo ahora sí viéndolo.
- ¿Y bueno? – me dijo extendiendo las manos a los lados.
- Bueno – dije.
Me siguió mirando como con ojos de vidrio y nos quedamos callados otro rato.
- ¿No querés hablar?
- Sí, pero no sé de qué.
- De lo que sea, de lo que se te ocurra.
- No se me ocurre nada.
- Bueno, entonces no hablés.
- Y si no hablo ¿entonces para qué vine?
- Problema tuyo.
Esto me enervó.
- No es sólo problema mío porque esto es una terapia y la terapia la hacen dos personas – le dije señalándolo y señalándome.
- Te podés ir, si querés - me dijo levantando los hombros.
Me sentí indignado.
- Pues no me voy porque no me da la gana. Es más: aquí me quedo. Y si le molesta mucho mi presencia sepa que voy a hacer esta terapia de principio a fin, así me gaste en ella años.
Martín permaneció impávido. Retiró una mota de polvo de su pantalón, luego levantó la cabeza y me habló con una sonrisa suficiente.
- ¿Qué lo trajo acá?
- ¿Que qué me trajo acá?... umm, Beatriz.
- Creo recordar que usted llegó solo.
- Beatriz me pidió la cita.
- ¿Por qué?
- Por… por los apegos… por… Don Gilberto.
Se rascó la barba, movió la cabeza arriba y abajo.
- Querés hablar de Don Gilberto?
Me pareció que el tono de su pregunta revelaba no tanto un interés sincero por la respuesta sino, sobre todo, un deseo profundo de comunicarse con alguien, de establecer un contacto humano que le permitiera, tal vez, evadirse por un rato del territorio yermo de su consultorio y del recuerdo de su apartamento con comida congelada. Miré sus ojitos pequeños y apagados y leí en ellos la presencia de un duelo no elaborado, la existencia de una herida no sanada. Entonces me conmoví y empecé a hablar para acompañarlo, sin detenerme, como si me hubiera tragado un radio. Le conté lo ocurrido en aquel colectivo que tomé en la Plaza de Congreso y cuando le describía físicamente a don Gilberto, Martín hizo un gesto extraño, me interrumpió por única vez en el transcurso de mi perorata y me pidió que le repitiera la descripción. Lo hice con pormenores y luego pasé a narrarle con gran entusiasmo uno de los momentos más tristes de mi vida, pero me interrumpió en mitad de la frase más dramática.
- Está bien, podemos dejar aquí por hoy – dijo inexpresivo, tal vez ocultando su agradecimiento, pensé.
Nos pusimos de pie y me indicó la puerta. Antes de salir di una última mirada al consultorio. Me dolió dejarlo allí solo, expósito, abandonado en la aridez de ese cubículo insípido. Pensé quedarme para acompañarlo un rato más, pero supuse que su orgullo le impediría aceptar ayuda de un desconocido en su primera cita. Le di la mano y salí con el corazón destrozado. Él mantuvo su aparente insensibilidad y se despidió con una amabilidad distante. Bajé en el ascensor y crucé el pasillo sintiendo que ese eco no devolvía el sonido de mis pasos dentro del edificio sino que traía noticias de sus repercusiones en otros mundos. Al salir me encontré con los carros que a esa hora pico se apretujaban en la calle Marcelo T. Alvear. En ese momento sonó mi teléfono. Era La guerrillera sicológica.
- ¡Lo maté, Adolfo, lo maté! – me dijo sin saludar y con la respiración alterada.
- ¿Qué?
- Lo maté de verdad, lo hice – hablaba como ahogándose.
- ¿A quién? – le dije mientras me desplazaba hacia la Nueve de Julio, con el teléfono apretado a la oreja, tratando de escuchar algo entre el ruido de los pitos y el barullo de la calle.
- Pero él me había matado a mí primero y con maldad, fue una modalidad de la defensa propia.
- ¿Pero a quién mataste, Beatriz?
- Vení, vení por mí, por favor. Tengo que esconderme o hacer algo.
- Dónde estás?
- En mi casa.
- Voy para allá –le dije sin entender nada.
(Continuará)
La terapia del terapeuta?... Y quien le pone el cascabel al gato? En ese juego de transferencias?... Esta muy enganchador Miguel me gusta.
ResponderSuprimirEsta historia es tan humana y universal que puede estar pasando en Londres como en Santiago.
ResponderSuprimirGloria: qué bueno que te haya enganchado. Y sí uno no sabe quién le pone el cascabel a quién, jejeje.Pero esta historia sigue...
ResponderSuprimirIatrogeno:
ResponderSuprimirSí, es la misma historia de la gente que tiene cojera por dentro, en cualquier parte del mundo. Y seguirán apareciendo más ciudades y más personajes de estos que no se hallan a sí mismos. Un abrazo.