16/01/12

Quedarse es otra forma de partir IV

No había acabado de retirar el dedo del timbre en el caserón de Villa Crespo cuando La guerrillera sicológica abrió la puerta mirándome con ojos desorbitados y sin saludar ni decir nada estiró su brazo y me entró de un envión. Tenía el pelo agarrado en una moña redonda que daba la impresión de una segunda pequeña cabeza sobre su cráneo; el rostro estaba embadurnado con una sustancia blanco-verdosa, que solo dejaba al descubierto un par de círculos alrededor de los ojos; llevaba una especie de pijama amplia y de tela delgada con flores de colores y unos guantes de caucho ciñéndole las manos como un cirujano.

- ¡Lo maté Adolfo! – dijo verosímilmente compungida- ¡y ahora tengo que deshacerme de él!

Me condujo hasta la sala y en el trayecto, no sé porqué, caminamos agachándonos como si el techo fuera más bajo que nosotros. Al cruzar el corredor se detuvo bruscamente, extendió el brazo e hizo un gesto dramático. En mitad de la sala yacía un gato grande como un perro, gordo como un marrano, pinteado como una vaca y crispado como un gato, puesto patas arriba, tieso, enhiesto, solidificado, como una porcelana que hubiera caído al revés. A su lado había un balde amarillo y dentro de este una sierra de albañilería. Beatriz se acercó al balde, tomó la sierra con una mano y con la otra señaló al gato.

- Me miró como me mira Juan Carlos a veces y no lo soporté más… Ahora tengo que deshacerme del cuerpo… Ayudame, – dijo mientras agarraba la pata posterior derecha del cuerpo fosilizado del gato - esto sí le va a doler… ahora va a comprender cómo son los dolores del alma.

- Vos estás de hospitalización – le dije sin moverme de mi lugar.

Me miró fijo y levantó la sierra. Si no estuviera tan convencido de que Beatriz me apreciaba, hubiera dado vuelta y habría salido corriendo de la casa. Contuvo la respiración unos segundos y luego fijó la mirada en el cuerpo rígido que tenía en la mano.

- Tengo que deshacerme de él, ¿no has visto ese documental de la asesina en serie que descuartiza a sus víctimas mientras va cocinando?

- Pero vos no sos una asesina en serie.

- Eso es lo que vos creés.

Aunque yo estaba convencido de lo que creía, la seguridad con que La guerrillera sicológica hablaba era tal que siempre me hacía creer que estaba equivocado, así en el fondo siguiera estando seguro de que no lo estaba. En ese momento yo sabía que lo que ella decía sí era cierto, pero que no era verdad. Miré al gato embalsamado colgando de su mano.

- ¿Y quién es esta pobre víctima?

- Calipso, el gato de Juan Carlos.

- ¡Beatriz! ¿Y qué culpa tenía el pobre gato?

- Me miró como él me mira a veces- Beatriz bajó los hombros y adoptó un tono humilde - en serio, con el mismo desprecio, te lo juro.

Juan Carlos Montidialli era su vecino. Cuando Beatriz lo vio por primera vez se enamoró del todo. Se lo hizo saber de modo enfático y persistente, a través de todo tipo de mensajes: simbólicos, directos, crípticos, agresivos, sutiles, verbales, escritos, audiovisuales, corporales y mixtos. Juan Carlos, sorprendido, daba las gracias y lamentaba sinceramente no poder corresponder con similar vehemencia dado que no sentía especial atracción hacia las mujeres. Beatriz insistía y Juan Carlos volvía a decir: “En serio, no depende de mí, no me gustan las mujeres. “Eso es lo que vos creés”, le contestaba Beatriz segura de que el heterosexual que en esencia era Juan Carlos permanecía reprimido solo en virtud de la falta de oportunidades para expresarse y de una adecuada motivación.

- Ya fui heterosexual y no me gustó. Me gustan los hombres. Soy gay –Aclaraba Juan Carlos.

- Eso es lo que vos creés – contestaba Beatriz que no cejó en sus esfuerzos por recuperar al hombre que nunca había tenido.


Estaba segura de lograr su objetivo y la estimulaba recordar la historia de su tío Rodrigo, un gay enfático, exacerbado y completamente femenino, que cuando estaba borracho se convertía en todo un varón. Se le secaba la canoa. Con unos tragos de más su voz chillona pasaba a ser un estruendoso vozarrón de macho alfa y la sutil delicadeza de sus gestos adquiría la forma de rudos puñetazos descargándose sobre la mesa. Se metía la camisa por dentro y gritaba a voz en cuello: “¡A ver cuáles son los varones que hay en este hijueputa negocio, pues!”. Sus mejores amigos homosexuales le disculpaban, condescendientes, tamaña debilidad pero no dejaban de avergonzarse un poco y empezaron a sacarle el cuerpo cada que empezaba a beber.


Beatriz le insistió tanto a Juan Carlos con el amor que terminaron haciéndose amigos. Y cada que podía le contaba la historia de Rodrigo, instándolo a embarcarse en la búsqueda de su esencia olvidada. Al cabo de algunas semanas de amistad Juan Carlos la vio tan desesperadamente enamorada y tan segura de lo que decía que por pura solidaridad decidió intentar enamorarse de ella. Su corazón femenino no soportaba ver a una mujer sufriendo por la falta del amor de un hombre que en este caso podría ser él. Se emborrachó muchas veces al lado de Beatriz, buscando que emergiera su verdadera esencia varonil, pero aparte de vomitar sobre al alfombra y caerse de una silla nunca ocurrió nada fuera de lo normal. Ensayaron sumergiéndose en los excesos y se aplicaron con tanta devoción a los alucinógenos que a veces se les olvidaba que lo que estaban buscando era tener sexo. Beatriz recuperaba el rumbo, insistía y volvía a insistir y Juan Carlos intentaba y volvía a intentar, siempre sin resultados, hasta que un día, decepcionado de sí mismo, dijo “ya no más”.

- ¡Cobarde! - replicó Beatriz- ¡te vas a ir sin intentarlo todo!


Se sintió agraviada, abandonada, y asumió esa condición con tal convencimiento que Juan Carlos sintió culpa por el dolor que generaba su cobardía y aceptó con estoicismo (y casi con placer) las posteriores y consecutivas retaliaciones de su vecina herida. La misma energía desproporcionada que había usado para asediarlo con amor la dispuso para avasallarlo con odio y aplicó una táctica de guerra de guerrillas que incluía ataques sorpresa, escándalos callejeros, insultos furtivos e intempestivos y revelaciones públicas de sus debilidades íntimas. Juan Carlos recibía los vituperios en silencio, como el precio que debía pagar para expiar sus culpas, y cuando se encontraba con Beatriz en la calle bajaba la cabeza y se encogía sobre sí mismo como tratando de desaparecer. El asedio logró anularlo. Se encerró en su casa y durante varios meses su único contacto con el mundo fue Calipso. Los amigos se preocuparon y a instancias de uno de ellos empezó a salir a la calle y a romper poco a poco su lúgubre burbuja. El esqueleto de su alma se irguió de nuevo y su época apocada se opacó por fin. Una tarde se toparon en la tienda de la esquina y Juan Carlos no sólo la miró a los ojos sino que lo hizo con cierta suficiencia. “Debe estar yendo a terapia” se dijo Beatriz, y supuso, por la rapidez de los resultados, que podría tratarse de Martín Valiente. Los comentarios agudos de La guerrillera sicológica dejaron de ser impactos letales y ahora Juan Carlos respondía con un desdén reciente, como quien a la luz del día mira un costal deshilachado que en la noche le había parecido un monstruo. Era un desprecio sin énfasis que después languideció hasta convertirse en mera indiferencia.


Esa tarde Beatriz había lavado las cortinas del ventanal y estaba engastando en el borde de la tela el tubo metálico que servía para colgarla, cuando Calipso, que acostumbraba merodear dentro de la casa, empezó a acariciarse en sus piernas, con ese típico utilitarismo felino que le hubiera dejado sin cuidado si el animal no se hubiera parado frente a ella para mirarla con las cejas levantadas y con una sardónica sonrisa a medio camino igual a la que mostraba el Juan Carlos de los últimos tiempos. Entonces dejó de meter el tubo en la tela y se puso a mirar al gato con tanta fijeza y con tanto odio reconcentrado que Calipso sintió la evidencia de la animadversión y se crispó presto al ataque. La guerrillera sicológica no pudo soportar tamaña insolencia y sin darle tiempo de exponer un segundo más su amenaza le asentó la varilla con todas sus fuerzas en la base del occipucio con tal precisión y eficacia que el gato cayó en el acto sin un gesto ni una exclamación y quedó como congelado en esa posición eternamente crispada, a punto de atacar por siempre. Beatriz se quedó quieta y ya no pensó en el gato sino en su odiado Juan Carlos amado e imaginó con placer el dolor que sufriría y con temor las represalias que podría tomar si descubría que ella había sido la asesina. Fue ese el momento en el que me llamó para decirme que lo había matado y que fuera a su casa.

- Pero entonces no podés dejar el más mínimo indicio – la interrumpí yo, a su lado, mirando el cuerpo del delito.

- Por eso lo quiero cortar en pedazos.

- No es el mejor método.

- ¿Y entonces qué se te ocurre que puedo hacer en este momento?

En ese momento, precisamente, sonó el teléfono. Beatriz dudó en contestar pero finalmente se decidió. La voz que escuchó al otro lado la tranquilizó y le devolvió los ánimos. Habló un rato y al colgar era otra persona.

- Era Guáchico Pérez –dijo con una sonrisa pura, transparente- me acaba de decir que no puedo dejar indicios.

- Que es exactamente lo que te estaba yo diciendo…

- Ayudame a organizar – dijo sin haberme escuchado y volviendo a poner la sierra dentro del balde- y nos vamos para donde Guáchico. Allá nos desharemos del cuerpo.


Puedo decir sin pecar de calumniador que Guáchico Pérez fue la persona que sembró y abonó en la cabeza de Beatriz esas ideas oscuras que la llevaron a hacer no sólo lo que había hecho hasta el momento sino también todo lo que hizo después. Guáchico estaba por esos días empezando a fundar el Grupo de los Vengallados: Venganza de los Humillados, y la había llamado para recordarle la reunión de esa tarde. Estoy seguro de que ese grupo había contribuido mucho para que La guerrillera sicológica estuviera como estaba esa tarde.


Colgamos la cortina, guardamos el balde, limpiamos el piso y metimos el cuerpo tieso en un costal. Salimos a tomar el subte rumbo a la casa de Guáchico, donde enterraríamos al gato y participaríamos de una reunión en la que los Vengallados se consolidaría como grupo y empezaría a configurar las acciones que luego lo harían tristemente famoso, a saber: promoción, difusión y estímulo del asesinato de todo tipo de humilladores y una invitación generalizada para que los humillados del mundo empezaran a responder al asesinato sicológico con el asesinato físico.


Mientras viajábamos en el subte, con las uñas del gato engarrotado clavándose en mi espalda a través del costal, le comenté a Beatriz que me parecía muy sospechoso (“muy inverosímil” fue la expresión que usé) que Gúachico la hubiera llamado en el preciso momento en el que yo le decía que debía emplear otro método para deshacerse del cuerpo; como si se tratara de un guión escrito por un tipo desesperado por terminar pronto de escribir la historia. Levantando los hombros me contestó:

- Sincronicidad junguiana.

Me quedé tratando de entender.

- O la mano del guionista – le dije.

(continuará…)

11 comentarios:

  1. Me encanta Miguel... Adoro al guionista, lo que me queda de reino por final. LinaR.

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  2. "El hombre inconcluso" de Matias Bertiloti, Argentino, a diferencia de tu historia, la de bertiloti, es un hombre que solo logra conocerse por segmentos, pero en común, las dos, dejan en el aire el vaporoso sabor de algo que esta entre el no ser y el ser, punto fluctuante donde se escribe la vida.
    quede cojo jeje (figurado) espero que envies la continuacion pronto para no olvidarla. raúl

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  3. Jajaja. Lina, la mano oscura del guionista siempre asechará en esta historia. Y todavía faltan muchos traumas sicológicos por pasar...

    Raúl, que bueno el dato de Bertiloti. No lo conocía, lo buscaré de una. Es cierto: la vida se escribe en la mitad de ese punto incierto. Estoy tratano de escribir por lo menos cada quince días, pero vamos a ver si no me ataca la guerrillera sicológica para impedirme escribir. Abrazo

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  4. Don Migue, que bueno leerte de nuevo.. Rico en árdides y letras como haz sido. Gran cuento.. esperaremos la continuación. Buenos vientos!!! Mario F

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    1. Don Mario qué alegría que os vaya gustando la historia, como verás muchos de los personajes tienen algunos parecidos con seres con los que nos hemos encontrado en la vida.

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  5. Me contuve cuanto pude para leer dos entregas juntas y no quedar con tantas ganas de más... pero ha sido una idiotez. Aquí quedé toda ansiosa. En unos minutos se me pasará y leeré con mucho gusto-angustia-emoción lo que se viene. Gracias Miguel.

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    1. Esto se va poniendo un tanto álgido mi querida ColoresMari. Y sigue... Un abrazo.

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  6. Vaya usted a saber si fue aburrimiento lo que me trajo hasta aquí o tal vez una curiosidad puntillosa, aguijoneante que me hizo leer de corridito las cuatro entregas y ya espero por más. Puntualmente leeré, conforme vayan llegando. Esa guerrillera sicológica es apabullante. El relato de las historias de cada uno de los personajes, desde Don Gilberto hasta Martín Valiente, es genial. Enhorabuena y gracias. Hilda.

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  7. Siempre que te leo se me dibuja una sonrisa en el rostro

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  8. Muy bueno Miguel, lo disfruto mucho. A carcajadas.

    Un abrazo grande.

    Javier.

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  9. Hey, dale pues al V.

    Javier

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